Elegía humilde
Tu elegía, Granada,
la dicen las estrellas
que horadan desde el cielo tu negro corazón.
La dice el horizonte perdido de tu vega,
la repite solemne la yedra que se entrega
a la muda caricia del viejo
torreón.
Tu elegía, Granada,
es silencio herrumbroso,
un silencio ya muerto a fuerza de soñar.
Al quebrarse el encanto, tus venas
desangraron
el aroma inmortal que los ríos
llevaron
en burbujas de llanto hacia el sonoro mar.
El sonido
del agua es como un polvo viejo
que cubre tus almenas, tus
bosques, tus jardines,
agua muerta que es sangre
de tus torres heridas,
agua que es toda el
alma de mil nieblas fundidas
que convierte a las piedras en lirios y jazmines.
Hoy, Granada,
te elevas ya muerta para siempre
en túmulo de nieve y mortaja de sol,
esqueleto gigante de sultana gloriosa
devorado por bosques de laureles y rosas
ante quien vela y llora el poeta español.
Hoy, Granada,
te elevas guardada por cipreses
(llamas petrificadas de tu vieja pasión).
Partió ya de tu seno el naranjal de oro,
la palmera extasiada del
Africa tesoro,
solo queda la nieve del agua y su canción.
Tus torres
son ya sombras.
Cenizas tus granitos,
pues te destruye el tiempo. La civilización
pone sobre tu vientre sagrado su cabeza,
y ese vientre que estuvo preñado
de fiereza,
hoy aún muerto
se opone a la profanación.
Tú que
antaño tuviste los torrentes de rosas,
tropeles de guerreros con banderas al viento,
minaretes de mármol con turbantes de sedas,
colmenas musicales entre las alamedas
y estanques como esfinges del agua al firmamento.
Tú que
antaño tuviste manantiales de aroma
donde bebieron regias caravanas de gente
que te ofrendaba
el ámbar a cambio de la plata,
en cuyas riberas teñidas de escarlata
las vieron con asombro los ojos
del Oriente.
Tú, ciudad
del ensueño y de la luna llena,
que albergaste pasiones gigantescas de amor,
hoy ya muerta,
reposas sobre rojas colinas
teniendo entre las yedras añosas
de tus ruinas
el acento doliente del dulce ruiseñor.
¿Qué se fue
de tus muros para siempre, Granada?
Fue el perfume
potente de tu raza encantada
que dejando raudales de bruma te dejó.
¿O acaso tu tristeza es tristeza nativa
y desde que naciste aún sigues
pensativa
enredando tus torres al tiempo que pasó?
Hoy, ciudad
melancólica del ciprés y
del agua,
en tus yedras añosas se detenga mi voz.
¡Hunde tus torreones! Hunde tu Alhambra vieja
que ya marchita
y rota sobre el monte se queja,
queriendo deshojarse como marmórea flor.
Invaden con la sombra maciza tus
ambientes.
¡Olvidan a la raza viril que
te formó!
Y hoy que el hombre profana tu sepulcral encanto,
quiero que entre tus ruinas
se adormezca mi canto
como un pájaro herido por astral cazador.
Federico García Lorca, Otros poemas sueltos